ECCLESIA IN OCEANIA

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL ECCLESIA IN OCEANIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS OBISPOS A LOS PRESBÍTEROS Y DIÁCONOS A LOS CONSAGRADOS Y A LAS CONSAGRADAS Y A TODOS LOS FIELES LAICOS SOBRE JESUCRISTO Y LOS PUEBLOS DE OCEANÍA: SEGUIR SU CAMINO PROCLAMAR SU VERDAD VIVIR SU VIDA.

 

INTRODUCCIÓN

1. La Iglesia en Oceanía glorifica a Dios en los albores del tercer milenio y proclama al mundo su esperanza. Su agradecimiento a Dios dimana de la contemplación de los muchos dones que ha recibido, con inclusión de la riqueza de pueblos y culturas y de las maravillas de la creación. Pero, por encima de todo, está el inmenso don de la fe en Jesucristo «primogénito de toda criatura» (Col 1, 15). Durante el milenio pasado, la Iglesia en Oceanía acogió de todo corazón y guardó ese don de la fe, que transmitió fielmente a las nuevas generaciones. Por esta razón, la Iglesia entera alaba a la Santísima Trinidad.

Desde la antigüedad, los pueblos de Oceanía se emocionaban ante la presencia divina en los tesoros de la naturaleza y de la cultura. Pero sólo con la llegada de misioneros extranjeros durante la última mitad del segundo milenio supieron los nativos de Jesucristo, el Verbo humanado. Quienes emigraron de Europa y de otras regiones del mundo llevaron consigo su fe. Para todos, el Evangelio de Jesucristo, recibido con fe y vivido en la communio de la Iglesia, realizaba, superándolas, las más profundas expectativas del corazón humano. Es la Iglesia en Oceanía fuerte en la esperanza, ya que ha experimentado la infinita bondad de Dios en Cristo. Hasta hoy, el tesoro de la fe cristiana permanece invariado en su dinamismo y en sus perspectivas, ya que el Espíritu de Dios resulta siempre nuevo y sorprendente. La Iglesia diseminada por todo el mundo comparte la esperanza de los pueblos de Oceanía de que el futuro depare nuevos y aún más maravillosos dones de gracia a las tierras del Gran Océano.

2. Una ocasión auténticamente especial en la que la Iglesia en Oceanía pudo hablar de su gratitud y esperanza fue la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos, celebrada del 22 de noviembre al 12 de diciembre de 1998. Ya había sugerido yo su utilidad en la Carta apostólica Tertio millennio adveniente, proponiéndola como una de la serie de asambleas continentales destinadas a preparar a la Iglesia para el nuevo milenio[1]. A los obispos de Oceanía uniéronse obispos de otros continentes y jefes de dicasterios de la Curia Romana. En ella participaron otros miembros de la Iglesia —entre ellos sacerdotes, laicos y personas consagradas—, así como delegados fraternos de otras Iglesias y Comunidades eclesiales. La Asamblea analizó y debatió la situación actual de la Iglesia en Oceanía con vistas a poder planificar con mayor eficacia su futuro. Además, centró la atención de la Iglesia universal en las esperanzas y en los retos, en las necesidades y oportunidades, en las lágrimas y dichas de ese amplio tapiz humano llamado Oceanía.

El encuentro en Roma de muchos obispos, reunidos con el Sucesor de Pedro y alrededor de éste, constituyó una espléndida ocasión para celebrar los dones de gracia que han producido tan abundante cosecha entre los pueblos de Oceanía. La fe en Jesucristo fue el fundamento y el punto focal de los participantes durante la oración y las discusiones. Los obispos y quienes los acompañaban se sintieron animados por la única fe en Cristo; todos se vieron inspirados y fortalecidos por la communio eclesial, que los unió y se expresó durante las jornadas de la Asamblea Sinodal de forma harto fuerte y conmovedora como auténtica unidad en la diversidad.